Rotación de cultivos
Mantener la tierra fértil año tras año
- 1Trigo de invierno
- 2Habas y guisantes
- 3Barbecho pastado por ovejas
- 4Montón de estiércol
- 5Nódulos en la raíz de un haba
- 6Capas de un montón de compost
La rotación de cultivos cambia de un año a otro lo que crece en un campo, y se apoya en el barbecho, el estiércol y las leguminosas para devolver a la tierra lo que le quitan las cosechas. Mantiene fértil el suelo y deja sin alimento a las plagas de cada cultivo; en Europa pasó de un año de descanso cada dos a rotaciones sin ningún barbecho.
Qué es
Sembrado cada año con la misma planta, un campo tiende a rendir menos si no se le devuelven los nutrientes. Las raíces sacan los mismos nutrientes del mismo suelo, y las plagas de ese cultivo encuentran a su huésped esperándolas cada primavera. La rotación de cultivos cambia lo que crece en cada parcela de un año a otro, siguiendo un ciclo planeado.
Se combina con el barbecho, una temporada sin cultivo; con el estiércol y el compost, que devuelven al suelo excrementos y restos vegetales; y con las leguminosas, como el haba, el guisante o el trébol, que aportan nitrógeno tomado del aire. La lámina muestra una granja de tres hojas de cultivo y su estercolero. A la derecha, la raíz de un haba aparece junto a la de un trigo, sobre un montón de compost abierto.
Cómo funciona
Además de agua y aire, las plantas necesitan nutrientes minerales del suelo, tres de ellos en gran cantidad. El nitrógeno forma las proteínas y las hojas; un cereal que carece de él amarillea. El fósforo sirve a las raíces y las semillas. El potasio mantiene el agua en las células y los tallos erguidos. Cada saco de grano que sale de la granja se lleva una parte de los tres.
Nódulos en una raíz de guisante. Un nódulo activo es rosado o rojo por dentro.
El nitrógeno es el primero en faltar, aunque el aire es nitrógeno gaseoso en unas cuatro quintas partes: las plantas no pueden usar ese gas. Las leguminosas lo consiguen con ayuda de bacterias del suelo, los rizobios. Estas se instalan en pequeños abultamientos de las raíces, los nódulos, y convierten el nitrógeno del aire en amoníaco; la planta fabrica proteínas con él y, a cambio, alimenta a las bacterias con azúcares. Cuando raíces y tallos se pudren, o se entierra el cultivo en verde, buena parte de ese nitrógeno pasa al cultivo siguiente. Un trébol rojo o blanco bien establecido puede fijar entre 85 y 225 kg de nitrógeno por hectárea al año; un cultivo corto o pobre, mucho menos.
El fósforo y el potasio no vienen del aire; vuelven con el estiércol, el compost, la orina y las cenizas.
Cambiar de cultivo frena además las enfermedades y plagas propias de una sola familia de plantas: sin su huésped durante unos años, la mayoría retrocede. Algunas duran mucho más. Las esporas de la hernia de la col, que ataca coles y nabos, pueden seguir en el suelo hasta 20 años, y la podredumbre blanca de la cebolla al menos 15, así que en un suelo infectado conviene dejar de cultivar sus huéspedes. El barbecho no aporta nitrógeno, pero permite arar las malas hierbas y sirve de pasto.
Cómo se hace
Herramientas: una pala o un arado, una horca y tablas para un cajón.
Dividir el terreno. Marcar cuatro parcelas del mismo tamaño y repartir los cultivos en cuatro grupos, con las plantas emparentadas juntas: leguminosas (guisantes, habas, judías); coles, col rizada, nabos y rábanos; patatas y tomates; cebollas y raíces (puerros, zanahorias, remolachas, chirivías).
Avanzar cada grupo una parcela al año. Un orden habitual: leguminosas, coles, patatas y luego cebollas y raíces. Las coles siguen a las leguminosas para aprovechar el nitrógeno que dejan.
Sembrar abono verde en la tierra desnuda. Tras una cosecha temprana, sembrar un abono verde y enterrarlo aún tierno, unas semanas antes del cultivo siguiente. El trébol, la veza y los haboncillos son leguminosas: hay que sembrarlos donde vendrán las coles, no donde tocan guisantes y habas.
Un montón que trabaja bien humea en una mañana fría.
Montar el compost. Sobre tierra desnuda y a media sombra, colocar un cajón de un metro de lado aproximadamente. Alternar capas de unos 15 cm de material verde y blando (hierba, restos de verdura, estiércol fresco de herbívoros) y de material marrón y seco (paja, hojas secas, cartón), con al menos tanto marrón como verde. Añadir algo de tierra de vez en cuando y mantener el montón húmedo como una esponja escurrida.
Voltear y vigilar el calor. Clavar un termómetro largo en el centro. Un montón que se mantiene varios días a 55 °C o más mata muchos gérmenes y semillas de malas hierbas, pero solo el centro alcanza esa temperatura: cada vez que se enfríe, pasar con la horca la parte exterior al medio y dejar que vuelva a calentarse. El compost está maduro cuando es oscuro, grumoso y huele a tierra de bosque, al cabo de unos meses o de más de un año.
Usar el estiércol con cuidado. Esparcir el estiércol de vaca, caballo, oveja, cabra o aves en otoño y enterrarlo, nunca sobre plantas en crecimiento.
Seguridad. El estiércol fresco lleva gérmenes como E. coli y salmonela. Un estiércol que parece bien descompuesto, y el compost casero que lo contiene, pueden seguir llevándolos, porque un montón casero nunca se calienta por igual: hay que tratar ambos como estiércol fresco. Esparcirlos al menos 120 días antes de cosechar las plantas cuya parte comestible toca el suelo o puede recibir salpicaduras de tierra con la lluvia o el riego, como la lechuga, la zanahoria o la fresa, y al menos 90 días antes de las demás cosechas. No poner nunca excrementos de perro, gato, cerdo ni humanos en un huerto ni en su compost. Lavarse las manos con jabón después de tocar estiércol o compost y antes de tocar alimentos, y lavar las verduras con agua potable. Embarazadas, niños pequeños, personas mayores y personas inmunodeprimidas no deberían comer crudas las verduras de un suelo estercolado.
Historia y evolución
Los isótopos de nitrógeno de granos carbonizados de 13 yacimientos neolíticos, de Grecia a Gran Bretaña, muestran que los campesinos ya estercolaban sus cultivos hacia el 6000 a. C.
El consejo de Hesíodo sobre el barbecho, hacia el 700 a. C., es uno de los textos más antiguos conservados sobre el tema y da su fecha a esta lámina. Varrón, en el 37 a. C., describe altramuces o habas sembrados en suelo pobre y enterrados al empezar a formar vainas, en lugar del estiércol. Un siglo después, Columela considera el altramuz enterrado tan bueno como el mejor estiércol, pero duda de que las habas cosechadas por su grano enriquezcan la tierra.
En China, el Qimin Yaoshu, un manual agrícola terminado hacia el 544 d. C. por Jia Sixie, pide cambiar cada año el cultivo de los campos de mijo y señala la judía mungo y la judía adzuki como los mejores cultivos previos al mijo.
Entre el Loira y el Rin, muchos dominios francos pasaron a finales del siglo VIII y en el IX de dos hojas, con la mitad de la tierra en descanso cada año, a tres: cereal de invierno, luego avena, cebada, guisantes y habas sembrados en primavera, y después barbecho. La siembra de primavera necesita lluvias de verano, así que el sistema quedó al norte de los Alpes.
Encerradas sobre los nabos, las ovejas se comen la cosecha donde crece y abonan la tierra para la cebada que sigue.
Más tarde, los cultivos forrajeros sustituyeron al barbecho. La rotación cuatrienal de Norfolk, del siglo XVIII, asociada a Charles Townshend, alternaba trigo, nabos, cebada y trébol. El historiador económico Robert Allen atribuye a las plantas fijadoras de nitrógeno cerca de la mitad del aumento de los rendimientos de grano ingleses entre la Edad Media y la Revolución Industrial.
En 1838, Jean-Baptiste Boussingault comprobó que el trébol y el guisante ganaban nitrógeno en un suelo sin materia orgánica, y el trigo y la avena no. En 1886, Hermann Hellriegel y Hermann Wilfarth relacionaron esa ganancia con los nódulos y sus microbios, y en 1888 Martinus Beijerinck aisló la bacteria.