Anestesia
Operar sin dolor ni conciencia
- 1Globo de vidrio del inhalador de éter de Morton
- 2Boquilla y válvula
- 3Bombonas de gas
- 4Caudalímetros de vidrio
- 5Frasco vaporizador
- 6Bolsa reservorio y mascarilla
La anestesia es la práctica médica que suprime el dolor, y a menudo la conciencia, para que se pueda operar. Desde una demostración pública con éter en Boston en 1846, anestesistas formados, la vigilancia y el oxígeno la han convertido en rutina, y junto con la antisepsia hizo de la cirugía un tratamiento corriente en lugar de un último recurso.
Qué es
La anestesia suprime el dolor, y en su forma general también la conciencia, para que un cirujano pueda operar. La anestesia general es una inconsciencia controlada y reversible. La anestesia regional insensibiliza una gran parte del cuerpo, como un brazo o todo lo que queda por debajo de la cintura, mientras el paciente sigue despierto. La anestesia local adormece una zona pequeña, lo justo para coser una herida o tratar una muela.
La lámina pone dos aparatos uno junto al otro. A la izquierda, el inhalador de vidrio con el que William Morton administró éter en Boston en 1846. A la derecha, una máquina de anestesia de principios del siglo XX: bombonas de gas comprimido, caudalímetros de vidrio, un frasco donde el gas se carga con el vapor de un agente volátil, y la bolsa y la mascarilla por las que respira el paciente.
Cómo funciona
Los anestésicos generales llegan al cerebro por la sangre, inhalados por los pulmones o inyectados en una vena. Muchos refuerzan el efecto del GABA, la principal señal de freno del cerebro, de modo que las neuronas se activan menos. La conciencia se apaga y no se forman recuerdos. Los detalles todavía se discuten.
Según el fármaco y el paciente, esa depresión alcanza también los centros que mantienen el cuerpo en marcha. La respiración puede volverse superficial o detenerse. Los músculos de la garganta se relajan y la lengua puede caer hacia atrás y tapar la vía aérea. Los reflejos de tos y deglución se debilitan, y el contenido del estómago puede subir hasta los pulmones. La presión arterial suele bajar. Por eso el anestesista mantiene abierta la vía aérea, da oxígeno, a menudo respira por el paciente mediante un tubo o una mascarilla y ajusta los fármacos minuto a minuto.
Un nervio es un cable de miles de fibras; el anestésico local silencia cada una de las que alcanza.
Los anestésicos locales actúan sobre los propios nervios. Una señal nerviosa es una onda eléctrica que recorre una fibra, impulsada por iones de sodio que entran por diminutos canales de su membrana. El fármaco bloquea esos canales: la onda se extingue donde está el fármaco y al cerebro no le llega nada de lo que hay más allá. Alrededor de un nervio, insensibiliza todo su territorio; en el líquido que rodea las raíces nerviosas de la parte baja de la espalda, la mitad inferior del cuerpo. Las células del corazón y del cerebro usan el mismo tipo de canal, y por eso un exceso de anestésico local en la sangre puede causar convulsiones o parar el corazón.
Cómo se hace segura
Esta sección describe cómo organizan los hospitales la anestesia. No es un procedimiento para aplicar fuera de ellos.
Un equipo formado. Según el país, la anestesia la dirige un médico formado durante años o personal de enfermería especializado. Permanecen junto al paciente desde el primer fármaco hasta que la respiración y la conciencia han vuelto con seguridad.
La consulta previa. El equipo pregunta por enfermedades, medicamentos, alergias y anestesias anteriores, examina la boca, el cuello, el corazón y los pulmones, y elige con el paciente entre anestesia general, regional o local.
El estómago vacío. Antes de una operación programada, el paciente deja de comer unas horas antes, a menudo unas seis tras una comida ligera, lo que reduce el riesgo de que el contenido del estómago pase a los pulmones. El hospital fija los horarios exactos para cada paciente.
Material revisado antes de cada paciente. Oxígeno con una bombona de reserva, aspiración, dispositivos para mantener abierta la vía aérea, un medio para ventilar a mano si la máquina falla y medicamentos de reanimación. Un hospital de campaña trabaja con equipo más sencillo, pero no puede prescindir de ninguno de estos elementos.
La pinza hace pasar luz roja e infrarroja por el dedo y estima qué parte de la hemoglobina va cargada de oxígeno.
Vigilancia continua. El pulsioxímetro muestra la saturación de oxígeno de la sangre. Otros aparatos siguen el ritmo cardiaco, la presión arterial y el dióxido de carbono de cada espiración, que indica que el aire llega de verdad a los pulmones. Ninguno sustituye al anestesista que observa al paciente.
La lista de verificación. En 2008 la Organización Mundial de la Salud lanzó una lista de verificación de la seguridad quirúrgica. El equipo hace una pausa antes de la anestesia para confirmar el paciente, la operación, las alergias, una vía aérea difícil y un pulsioxímetro que funcione, y otra vez antes de la incisión y antes de que el paciente salga del quirófano. En un estudio en ocho hospitales, las muertes tras cirugía mayor bajaron del 1,5 % al 0,8 %.
El despertar. El paciente despierta en una sala de recuperación donde el personal de enfermería vigila su respiración, su oxígeno, el dolor y las náuseas. Tras una anestesia general, alguien debe llevarlo a casa, y no debe conducir durante al menos 24 horas.
Seguridad. Los gases y fármacos anestésicos nunca deben usarse fuera de una atención médica cualificada. Con muchos de estos fármacos, la dosis que suprime la conciencia no está lejos de la que detiene la respiración o los reflejos de protección, y la diferencia varía de una persona a otra y de un minuto a otro. Sin alguien formado para mantener abierta la vía aérea y dar oxígeno, y sin vigilancia ni material de reanimación, una persona inconsciente puede morir en pocos minutos. Inhalar gases o disolventes por sus efectos ha matado a mucha gente, y el éter es muy inflamable. Quien sufre un dolor intenso o necesita una operación debe ser llevado a un hospital.
Historia y evolución
Antes de la anestesia, los cirujanos contaban con el alcohol, el opio y la rapidez. El 13 de octubre de 1804, en Japón, Hanaoka Seishū extirpó un tumor de mama a una mujer que había tragado su mezcla de hierbas. Japón estaba entonces cerrado al mundo y su trabajo siguió siendo desconocido fuera.
En 1800 Humphry Davy sugirió que el óxido nitroso podría usarse en cirugía. En diciembre de 1844 el dentista Horace Wells se hizo sacar una muela bajo ese gas, pero su demostración en Boston, en enero de 1845, fracasó cuando el paciente gritó. En Georgia, Crawford Long ya había operado con éter el 30 de marzo de 1842, aunque no lo publicó hasta 1849.
La cirugía se enseñaba en anfiteatros de gradas muy inclinadas, como el de Boston, hoy llamado Ether Dome.
La lámina toma como fecha el 16 de octubre de 1846. En el Massachusetts General Hospital, Morton dio éter a Gilbert Abbott mientras el cirujano John Collins Warren le extirpaba un tumor del cuello. La noticia corrió deprisa y en pocos meses el éter se usaba en Europa. En Edimburgo, James Young Simpson probó el cloroformo el 4 de noviembre de 1847; actuaba más rápido y no ardía, pero el margen entre lo suficiente y el exceso era estrecho. John Snow estudió sus dosis y en 1853 lo administró a la reina Victoria en el parto del príncipe Leopoldo. La anestesia permitió operaciones más largas, pero las heridas seguían infectándose hasta que llegó la antisepsia, a finales de la década de 1860.
En 1884 Carl Koller demostró que la cocaína insensibilizaba el ojo, y en 1898 August Bier realizó en Kiel la primera anestesia raquídea. La cocaína era tóxica y adictiva, así que llegaron fármacos sintéticos más seguros: la procaína en 1905 y la lidocaína en los años cuarenta. El siglo XX trajo los anestésicos intravenosos y los relajantes musculares, la intubación se volvió rutinaria, y la pulsioximetría, descrita por Takuo Aoyagi en 1974, se extendió por los quirófanos en los años ochenta.