Jabón
Grasa y ceniza contra los gérmenes
Lámina
- 1Tonel de ceniza para la lejía
- 2Vasija que recoge la lejía
- 3Sebo
- 4Caldero de jabón sobre el fuego
- 5Molde y pastillas cortadas
Anatomía
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El jabón se obtiene hirviendo o mezclando grasa con un álcali fuerte, que la descompone en glicerina y en sales de ácidos grasos capaces de arrastrar la grasa y la suciedad al agua. Las recetas de limpiadores parecidos al jabón se remontan a la Mesopotamia del III milenio a. C.; el álcali industrial barato lo convirtió en un producto corriente en el siglo XIX.
Qué es
El jabón es un producto de limpieza hecho con grasas o aceites y un álcali. Cada molécula de jabón tiene un extremo que se une al agua y una larga cola que se une a la grasa, así que puede llevarse la grasa, la suciedad y muchos microbios de la piel al agua del aclarado. El jabón hecho con hidróxido de sodio cuaja en pastillas duras; los jabones de potasio quedan blandos o líquidos. La lejía que se sacaba de la ceniza de leña contenía carbonato de potasio, no un hidróxido moderno, y daba un jabón blando.
La lámina muestra la fabricación de jabón tal como se hacía en las granjas de Europa y Norteamérica hasta el siglo XIX: agua que atraviesa la ceniza de leña para hacer lejía, una vasija que la recoge, sebo derretido, un caldero que hierve sobre el fuego y un molde con pastillas cortadas secándose.
Cómo funciona
Las grasas y los aceites son triglicéridos: tres cadenas de ácidos grasos unidas a una molécula de glicerina. Un álcali fuerte rompe esas uniones. Cada ácido graso toma el sodio o el potasio del álcali y se convierte en una molécula de jabón, y la glicerina queda libre. Los químicos llaman a esta reacción saponificación.
Una micela: las colas grasas del jabón sujetan la grasa por dentro y sus cabezas afines al agua dejan que el aclarado se la lleve.
En el agua, las moléculas de jabón se agrupan en esferas diminutas, las micelas, con las colas grasas dentro y las cabezas afines al agua fuera. Una gota de grasa queda atrapada en el centro y se va con ellas al aclarar. Esas mismas colas pueden meterse en la envoltura grasa de algunas bacterias y virus, entre ellos los coronavirus, y romperla. Por eso lavarse con agua y jabón elimina muchos más gérmenes que el agua sola, aunque los microbios con una cubierta más dura resisten mejor.
En la granja, el álcali salía de la ceniza. El agua que se echaba sobre un tonel de ceniza de madera dura disolvía sales de potasio, sobre todo carbonato de potasio, y salía convertida en una lejía parda. Hervida de seis a ocho horas con sebo, daba un jabón blando y gelatinoso que se guardaba en un barril y se sacaba con un cucharón. Si al final de la cocción se añadía sal común, subía un jabón más firme en forma de torta que podía cortarse en pastillas, pero la sal era cara y muchas familias campesinas prescindían de ella. El jabón duro de sosa necesitaba sosa, que se sacaba de las cenizas de algas y plantas costeras hasta que Nicolas Leblanc encontró la manera de fabricarla a partir de la sal.
Cómo hacerlo
Hoy se hacen pequeñas cantidades de jabón por el proceso en frío, con hidróxido de sodio vendido para jabonería y una calculadora de saponificación. El hidróxido de sodio es corrosivo y puede dejar ciego en segundos: es un trabajo solo para adultos, en una habitación tranquila y despejada.
Reunir el equipo. Hacen falta gafas de protección, guantes resistentes a productos químicos y manga larga, una báscula digital que mida al gramo, recipientes de acero inoxidable o de polipropileno vendidos como resistentes a la sosa caliente (nunca de aluminio, que reacciona con ella), una batidora de mano, un termómetro, un molde de silicona o forrado y aceite de oliva puro o una mezcla de aceites probada.
Calcular. Introduzca el peso exacto de cada aceite en una calculadora de saponificación con un sobreengrasado de alrededor del 5 %. Para 500 g de aceite de oliva da unos 64 g de hidróxido de sodio y unos 170 g de agua. Compruebe el resultado dos veces: demasiado álcali da un jabón que quema la piel.
Preparar la disolución de sosa. Al aire libre o junto a una ventana abierta, pese primero el agua y después vierta despacio el hidróxido de sodio en el agua removiendo, nunca el agua sobre la sosa. La disolución se calienta deprisa y desprende vapores un momento: no los respire. Déjela enfriar hasta unos 40 °C.
Mezclar y verter. Temple el aceite a una temperatura parecida, añada la disolución de sosa y bata a golpes cortos hasta que la mezcla espese como unas natillas ligeras. Viértala en el molde, tápela y déjela uno o dos días.
Curar. Desmolde al cabo de uno o dos días y corte las pastillas. Una receta bien calculada ya ha terminado de reaccionar; de cuatro a seis semanas de curado de canto en un lugar seco y aireado, más si es jabón de aceite de oliva puro, dejan que el agua se evapore para que las pastillas endurezcan y duren. El curado no arregla un jabón con demasiada sosa: si una pastilla curada todavía pica en la piel, tire toda la tanda.
Seguridad. Lleve siempre gafas y guantes al manipular la sosa o el jabón fresco, y mantenga a niños y animales fuera de la habitación. Si la sosa toca la piel, aclare enseguida con mucha agua corriente; si llega a los ojos, aclare con agua corriente al menos 30 minutos mientras alguien llama a emergencias. Etiquete cada recipiente, guarde el hidróxido de sodio bajo llave en su envase original y no vuelva a usar para alimentos ningún utensilio que haya contenido sosa. Manipule el jabón fresco con guantes durante los primeros días.
Historia y evolución
Antes de que el jabón fuera corriente, la jabonera se machacaba en agua para obtener una espuma suave con que lavar la lana y el lino.
Los limpiadores parecidos al jabón son antiguos, pero las primeras pruebas son escasas. Se suele citar fuentes babilonias de hacia el 2800 a. C. como la primera mención, y relatos posteriores describen recetas mesopotámicas del III milenio a. C. que calentaban aceite con ceniza de leña para lavar la lana, aunque rara vez se identifican las tablillas. El papiro egipcio Ebers, hacia el 1550 a. C., receta grasas animales o aceites vegetales mezclados con una sal alcalina como remedio.
Los autores romanos veían el jabón como un producto extranjero. Plinio el Viejo, en el siglo I d. C., lo atribuyó a los galos, que lo hacían con sebo y ceniza y lo usaban para teñirse el pelo; en su obra aparece por primera vez la palabra latina sapo. Un siglo después, el médico Galeno describió el jabón de lejía de ceniza y aconsejó lavarse con él.
El jabón de Alepo, de aceite de oliva y de laurel, se corta en cubos y se apila en torres aireadas para curarse durante meses.
Los jabones duros de aceite de oliva vinieron del Mediterráneo oriental. El médico persa al-Razi anotó recetas de jabón hacia el año 900, y en el siglo XIII la jabonería era un gran comercio en las ciudades de Siria y Palestina. En Europa, los talleres de Castilla y de Marsella producían jabón de aceite de oliva en grandes cantidades en el siglo XV, mientras los jaboneros del norte hervían sebo con lejía de ceniza.
El jabón solo se abarató cuando se abarató su álcali. En 1791 Nicolas Leblanc patentó un procedimiento que sacaba sosa de la sal, el ácido sulfúrico, el carbón y la caliza, de modo que los jaboneros dejaron de depender de las cenizas vegetales. En 1823 Michel-Eugène Chevreul demostró que las grasas son compuestos de glicerina y ácidos grasos, lo que explicaba lo que ocurre en el caldero. Fábricas como la de Lever Brothers, fundada en 1885 en Warrington, vendieron el jabón en pastillas envueltas y con marca. La higiene llegó despacio: en 1847 Ignác Semmelweis obligó al personal de su maternidad de Viena a desinfectarse las manos con cloruro de cal, y la mortalidad por fiebre puerperal bajó allí de cerca del 18 % a cerca del 1 % al año siguiente.